PABLO LANG (cont.)

A mi izquierda, se sienta David. Está tenso. Sus manos lo dicen en secreto. Maxi está frente a él. Finge no ver la cara de “¿A dónde me trajiste?” que pone David. “¿Hay comida acá?”, me pregunta. Él tampoco sabe de qué se trata todo esto.

Farah recorre las mesas. Nos deja unos cubos de madera, una cajita llena de frases y otra con porquerías para intervenir los cubos de la manera que se nos antoje. Solo son cubos. Aún no dicen absolutamente nada. Sabía que algo iba a sacarnos. Es comerciante, igual que yo. Quiere robarnos. Irrelevancia, nuevamente.

El final lo he contado al principio, como ocurre en el amor. Llegué a la tertulia sin saber nada. Miro alrededor. Comienzo a comprender. Los tres sujetos de la mesa de al lado, con una intención más optimista que la mía, han apilado sus cubos como formando un edificio. Aunque se yergue sobre unos débiles palitos de helado, se ve firme. “Amor empieza con palitos de helado”.

Por donde miro, hay cubos contando el misterio del amor. Gritan amor, lloran amor, besan amor. Ninguno se parece entre sí. David, con una furia de lo más delicada, abolla un papel que escupe algunas frases. Lo pega sobre el cubo, al que también le adhiere un pequeño sobrecito en el que puede leerse: “De quien te sufre, para quien no me amará jamás”.

«Escrito de un participante de uno de los encuentros de exploración artística o tertulias.»

Pablo Lang

subirbajar